From “The Country of Ice,” poems by Raúl Zurita, translated by Daniel Borzutzky

niagara-1911-i

Ana Canessa
There will be nothing. Images of exhausted faces

revealed through the transparency of the frozen
cliffs of the sea’s narrow passage, as if they had
been captured seconds after a bout of crying or a
state of sudden languor. You see them appear like
this, side by side, immense, as if in a dream, while
you move through the crowd, through an endless,
frigid humanity. And you imagine a photo
installation in an art gallery and the reddened rims
of her eyes appear before you behind the ice blocks
and behind them the frosted sheets, the room in
the nursing home, the iceberg of your
heart.
And perhaps that was love. Your mother with a
stale bouquet of flowers at the door of the Home
of the Holy Cross or a minor detail: a wooden
bench with her sitting stiffly at your side as if she
were asking you why did you come to dump me here.

 

Iván Zurita

There will be nothing. The gigantic frozen faces
of the mountain flank the frigid march and you
see then the portraits of some boys emerging
from behind the ice. The first face surprises you,
his eyes look up and his lips seem to smile.  A
shadow holds him by the hand. You remember
then an interprovincial bus and a seat next to the
window. His little face looks up at you and you
in turn look at him as you press against the glass.
You speak to him knowing that he will only see
the movement of your mouth and your hands
waving goodbye. Now you see him there once
more, through the glaciers, and you want to tell
him something, to leave the bus once and for all,
to take him in your arms.
The cold immobilizes you. You then see the crowd,
the naked, frozen humanity advancing through
the frost and it’s something infinitely remote,
glacial, his face abandoned already in the ice.

 

Felipe Zurita

There will be nothing. You see then his eyes
wide open and soon the tufts of red hair that
stick to his face wet from sweat and saliva.
That’s how he appears to you through the ice.
You know he’s been crying and you notice
now the pull of his lips contracting as if he
still wants to say something. You also want
to say something. You remember the battered
table, the hole in the wall joint in the outskirts,
his screams on the telephone almost at dawn,
the taxi searching for the address a girl gave you
before he hung up. But since you didn’t talk before,
you can’t talk now. Or, at least, explain to him
that it doesn’t matter and the trips to the
psychiatrist and your nightmarish fear of
addiction. You love him to death. You see him
through the glaciers.
You then look at the giant wall of ice and you
feel you were once there, perhaps hundreds,
thousands of years ago, and you curl up in a ball
as if wanting to save yourself from that memory.

 

Verónica

There will be nothing. You look at the enormous
portraits and you see her face under the
transparency of the frozen walls. You return, then,
to a foreign city, Boston. You return to that great
love and you feel the pressing of some hands that
take you from behind and cover your eyes. You
have waited hours for her and you don’t think she
will arrive, but now you feel her palms blinding
you and then her arms not yet wilted from
osteoporosis. You turn around. You look at her.
You know she’s the same, you know this is how
she would look now; her face with the translucent
skin of someone for whom all that remains is an
end. Through the ice her enormous reddened eyes
stare at a distant point. You suddenly remember
that you’ve never seen her cry.
You collapse. You see yourself fall amid the
crowd and you feel the final punch of cold,
of the terrorized, sobbing humanity that
screams, disappearing between the icebergs.

 

Josefina Pessolo

There will be nothing. The faces appear one
after another, enormous and flat, visible through
the thick walls of ice. You then see your sister,
30-some-years old, her eyes still teary, bringing
an arm to her mouth and a bit behind the face
of your grandmother captured at the moment
she tries to lift her head to look at you for the
last time. You focus, then, on the thread of her
neck which looks as if it will slip off from the
effort it takes to move. You feel the tears that
immediately freeze, cutting the rim of your
eyelids and then the blood which also freezes
while you are becoming lost in the frosted
humanity, frozen stiff amid the blizzard and the
snow. You can’t cry.
You can still crack open your eyes and see your
own face looking at you from the icebergs and
it’s an image from thousands and millions of
years ago. A frozen face. A pain. Nothing.

 


de El país del hielo

Ana Canessa

 

No habrá nada. Los congelados murallones
del desfiladero del mar transparentan tras
ellos imágenes de rostros exhaustos, como
si hubieran sido captados segundos después
de una crisis de llanto o de un súbito hastío.
Los ves emerger así, uno al lado del otro,
inmensos, como en un sueño, mientras
avanzas en medio de la muchedumbre, en
medio de la helada humanidad interminable.
E imaginas una instalación con fotografías
en una galería de arte y ves aparecer el
borde enrojecido de sus ojos detrás de los
hielos y más allá las sábanas escarchadas, la
pieza del asilo de ancianos, el témpano de tu
corazón.
Y quizás eso era el amor. Tu madre con un
desabrido ramo de flores en la puerta del
Hogar de la Santa Cruz o un detalle menor:
un banco de madera con ella muy rígida
sentada a tu lado como si aún te estuviese
diciendo por qué me has venido a tirar aquí.

 

Iván Zurita

No habrá nada. Los gigantescos farallones
congelados flanquean la helada marcha y
ves entonces los retratos de unos niños
emergiendo detrás de los hielos. El primer
rostro te sorprende, sus ojos miran hacia
arriba y sus labios parecen sonreír. Una
sombra lo sostiene de la mano. Recuerdas
entonces un bus interprovincial y un
asiento al lado de la ventana. Su pequeña
cara se alza mirándote y tú a su vez lo
miras pegándote al vidrio. Le hablas
sabiendo que sólo verá el movimiento de
tu boca y tus manos despidiéndose. Ahora
lo ves de nuevo allí, tras los glaciares, y
quisieras decirle algo, bajarte de una vez
para siempre del bus, tomarlo en tus brazos.
El frío te inmoviliza.
Ves entonces la muchedumbre, la desnuda,
congelada humanidad que avanza entre la
escarcha y es algo infinitamente remoto,
glacial, su cara ya abandonada en los hielos.

 

Felipe Zurita

No habrá nada. Ves entonces sus ojos muy
abiertos y luego los mechones de pelo rojo
que se le pegan a la cara mojados por el
sudor y la saliva. Así lo ves emerger tras
los hielos. Sabes que ha llorado y observas
ahora la mueca de sus labios contraídos
como si todavía quisiera agregar algo. Tú
también quisieras agregar algo. Recuerdas
la mesa estropeada, el tugurio de periferia,
sus gritos en el teléfono casi al amanecer,
el taxi buscando la dirección que te dio
una chica antes de que él colgara. Pero no
puedes hablar como no lo hiciste antes. O,
al menos, explicarle que no importa y las
carreras al siquiatra y ese terror tuyo a la
adicción. Mueres de amor por él. Lo ves
tras los glaciares.
Miras entonces la enorme pared de hielo
y sientes que ya habías estado allí, quizás
cientos, miles de años antes, ovillándote,
como si quisieras salvarte de ese recuerdo.

 

Verónica

No habrá nada. Miras los enormes retratos
y ves su cara que se transparenta bajo los
muros congelados. Vuelves entonces a
una ciudad extranjera, Boston. Vuelves a
ese gran amor y sientes la presión de unas
manos que te toman por detrás tapándote
los ojos. La has esperado horas y ya no
crees que llegue, pero ahora sientes sus
palmas cegándote y luego sus brazos aún
no vencidos por la osteoporosis. Te das
vuelta. La miras. Sabes que es la misma,
sabes que así se vería ahora; su cara con la
piel traslúcida como la de alguien a quien
sólo le resta el final. Tras los hielos sus
enormes ojos muy enrojecidos miran un
punto lejano. Te acuerdas de golpe que
nunca la viste llorar.
Te derrumbas. Te ves caer en medio de la
muchedumbre y sientes el golpe final del
frío, de la aterrada, sollozante humanidad
que grita perdiéndose entre los témpanos.

 

Josefina Pessolo

No habrá nada. Los rostros se suceden unos
detrás de otros, enormes y planos, visibles
tras los murallones de hielo. Ves entonces
a tu hermana a los 30 y tantos con los ojos
aún llorosos llevándose un brazo a la boca
y un poco más allá la cara de tu abuela
captada en el instante que trata de erguir la
cabeza para mirarte por última vez. Reparas
entonces en el hilo de su cuello que parece
a punto de cortarse por el esfuerzo. Sientes
las lágrimas que se te congelan al instante
cortándote el borde de los párpados y luego
la sangre que también se congela mientras
te vas perdiendo con la aterida, escarchada
humanidad entre la ventisca y la nieve. No
puedes llorar.
Entreabres todavía los ojos y ves tu propia
cara mirándote desde los témpanos y es
una imagen de hace miles de millones de
años. Un rostro congelado. Un dolor. Nada.


 

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Published in Asymptote

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